Y de repente despertamos un día y todo cambió, en Disney se apagó la magia, la muralla china no era tan fuerte, ahora New York si duerme, y ningún camino quiere conducir a Roma, un virus se corona como dueño del mundo y nos dimos cuenta de nuestra fragilidad, no sabemos si el daño es a propósito o irresponsabilidad de nosotros mismos, pero la amenaza está ahí cada día más fuerte, ya los memes no causan tanta risa, los abrazos y los besos se transformaron en armas peligrosas y la escasez de productos nos demuestra una vez más lo egoísta que somos, tan egoístas que decimos "no hay problema este virus solo se lleva a los viejitos" como si no tuviéramos a nuestros padres o como si no fuéramos a llegar nunca ahí. Queremos hacer valer nuestros "derechos" de decidir si dejar vivir o no a otro y ahora nos damos cuenta que no podemos ni decidir por la vida de nosotros, un planeta que decidió que Dios no existe sin haberlo buscado, que hoy se pone una máscara no solo para un virus sino para tapar nuestra vulnerabilidad mezclada con soberbia y se lava las manos para no reconocer nuestra responsabilidad tal como un pilato.
Toda la vida, o desde que tengo uso de razón, me gustó el fútbol, verlo por tv o escucharlo por radio. Y más aún, cuando empecé a ir a la cancha de mi amado club Los Andes. Pero lo que más me gustaba además del espectáculo deportivo que se desarrollaba en el césped del estadio, era ver cómo vivía la gente los 90 minutos que duraba cada partido. Gente que caminaba por la platea de punta a punta, personas que insultaban al árbitro desde que daba inicio al partido y ni hablar del rosario de groserías que le recitaban a los jugadores rivales. Aunque nunca faltó el que se las propinó a nuestros jugadores, cuando la cosa venía fulera. Un día viendo en mi trabajo una definición por penales de una copa que se jugaba en tierra oriental entre un equipo argentino y uno japonés, recuerdo que un compañero mío gritaba antes de que pateara el jugador japonés: "Kiricocho". Nunca entendí que significó hasta que empecé a averiguar que era Kiricocho. Y resulta que no se trataba de qué era sino ...
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