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EL OBSECUENTE


Jorgito nunca tuvo otra virtud más que la paciencia y la perseverancia. Sus logros fueron posibles gracias a los contactos familiares que tenía en la empresa donde trabaja. Si bien había empezado como un –pinche- defendía sus intereses a capa y espada.

Una vez cuando le liquidaron mal el sueldo por un simple error, Jorgito se enfureció, y sus discursos parecían los de un discípulo de Karl Marx. Odiaba fuertemente al capitalismo, y a todas las multinacionales.

Ni hablar del día que descargó desde la web de su trabajo el extracto bancario y encontró una diferencia de centavos a favor del banco. No existen pruebas ni tampoco dudas, que la operadora del call center del banco tubo que recurrir a terapia después de todas las cosas que le dijo.

Jorgito adhería siempre a los discursos populistas porque creía fuertemente en la equidad de la distribución de las riquezas, en las igualdades de oportunidades y en la justicia social, y sabía qué palabras decir para endulzar los oídos de sus compañeros y para que lo consideren un capo.

Un día fue advertido por uno de sus superiores, que casualmente los unía una relación familiar. Ese mismo día lo ascendieron en una función importante dentro del negocio y a partir de ese momento hubo un quiebre en su forma de pararse ante el mundo, otra forma de ver las cosas.

Desde la apariencia física hubo un cambio en Jorgito, ya no se vestía a la marchanta, y su cabellera no era la misma, los pelos largos y desprolijos se habían recortado y el gel lo sujetaba de manera ordenada. Ya no era un descamisado, como el general Perón hubiese querido, la camisa ajustada ahora iba dentro del pantalón. Y ni hablar del brillo de los zapatos nuevos, seguramente podría reflejarse en la punta de sus zapatos.

Ahora Jorgito adhería a las nuevas modas alimentarias, comía sano, y había suspendido temporalmente esas hamburguesas saturadas en grasas. Las remplazó rápidamente por ese humus de garbanzos o ensaladas de hojas verdes,

Nunca más habló mal de la empresa donde ahora ocupaba un cargo importante y nunca más defendió a los trabajadores -que eran compañeros suyos- ante las injusticias patronales de la empresa.

Jorgito dejó de juntarse a las reuniones pos laborales porque creía que lo mejor era no mezclarse con los empleados rasos. Había que mantener una distancia prudente para no confundir las cosas.

Era solidario, era justo, era buen compañero. Así  todo ahí va Jorgito, el mejor empleado que peleó por los derechos de los trabajadores, que peleó por sus derechos.

Hoy cuando llegue a las 7 AM estaba esperándome en la oficina junto con un escribano que profesaba como fe pública y era él quién me comunicaba que en el día de la fecha dejaba de ser empleado del negocio por defender -en un acto de sumo patriotismo- a un compañero que exigía cobrar dos meses de sueldo atrasado.


  

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